DEPARTAMENTO DE LENGUA – IES PEDRO DE LUNA

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RECITAL DE POESÍA “METÁFORA”

Posted by Departamento de Lengua Ies Pedro de Luna en marzo 4, 2009

El pasado día 26 de febrero tuvo lugar en el salón de actos de nuestro instituto el recital poético “Metáfora” organizado por el profesor Juan Carlos Villalba

 

 

 

 

 

 

METÁFORA

 

 

 

 

“Metáfora, a través de nuestros poetas” es un recital en el que se combinan 33 poemas pertenecientes a 21 autores. Son, en su mayoría, poetas pertenecientes a una época irrepetible: nunca antes ni después hemos tenido una tal floración ni en cantidad, ni en calidad. No están todos, ni están sus mejores obras porque no se trata de una antología sino de un itinerario a través de esta figura estilística con seis paradas, tras una introducción: rosa, luna, mar, tierra, ciudad y viaje.

Hemos trazado un puente entre clásicos y modernos: unos y otros utilizan los mismos cántaros, aunque los rellenen de distintas pócimas porque todos comparten la misma herencia: la tradición clásica.

A veces aflora también la comunidad temática entre autores, basada en la inspiración popular. Así Juan Ramón Jiménez escribe Balada del poeta a caballo y Lorca sus Canciones del Jinete.

Rosa. Es nuestra primera parada. El De rosis nascentibus es uno de los más bellos poemas latinos. Su collige, virgo, rosas, -corta niña las rosas-, da inicio a una de las metáforas más exitosas de la literatura como expresión del tópico del carpe diem, aprovecha el momento.

Luna. Ovidio (Tristes) nos sirve de guía en este y los dos capítulos siguientes porque es el poeta romano que alcanza  mayor nivel de interiorización, dentro de una tradición poética tendente a la exteriorización. La Luna, como sentimiento trágico viene perfectamente reflejada por Lorca.

Mar. Son constantes las alusiones de Ovidio a la nave zozobrante en permanente alusión a su situación, desterrado en Tomos (Constanza) por el emperador Augusto. En el caso de Alberti, Altolaguirre, Cernuda, Juan Ramón o Neruda dará lugar a preciosistas metáforas relacionadas con el amor y la muerte.

Tierra. En Ovidio la naturaleza se erige en símbolo del paisaje interior. Su poesía es expresión del dolor, de su vida y destino aciago que determinan versos punzantes, humanos y modernos. Ese mismo sentimiento lo vemos en Prados, Alberti, Miguel Hernández y Manuel Machado.

Ciudad. Para los poetas de esta época la ciudad se convierte en símbolo de la enfermedad moral y la descomposición social (por influjo de Baudelaire). Pero este sentimiento se combina con loas y alabanzas producto de la añoranza de tiempos pretéritos.

Viaje. El viaje de la vida es una de las metáforas más desgastadas. Tennyson, Cavafis y Margaret Atwood constituyen tres voces que ofrecen tres visiones muy diversas de este tópico aunque se basan en el mismo personaje: Ulises. Y es que la Odisea , – como decía Borges-, es un libro infinito que ofrece una lectura diferente cada vez que lo abres.

 

 

Juan Carlos Villalba

 

 

 

 

 

Carmina vel caelo possunt deducere lunam;

(Virgilio, Egloga VII, 69)

 

Poemas y ensalmos  hacen bajar

a la luna de su pedestal.

 

 

AUTOPRÓLOGO

 

Un barco atraca en un puerto.

Un terrorista atraca en un Banco.

Yo os atraco con ternura de cañones recortados

Para que me entreguéis vuestra atención.

 

-Esto es un atraco,

¡Manos unidas!

A punta de poema vengo a asaltar

corazones cerrados,

a robaros la indiferencia.

Si al salir por esta puerta (libro)

os dejo “tocados”,

perdón (serán rasguños de amor sin importancia).

 

Gloria Fuertes (Madrid, 1917-1998)

 

 

 

 

Ío Triumphe!

 

Todo el pueblo podrá al fin contemplar

los triunfos de invencibles generales

y leerán las ciudades conquistadas

y verán a los reyes aherrojados

delante de caballos coronados.

Verán al general envuelto en púrpura

resplandeciente, en cuádriga triunfante

y, a la vista del pueblo, el plauso

de los tuyos recibirás ¡Oh César!

Con las sienes ceñidas de laurel

gritarán todos: “¡Ío, ío! ¡Triunfo!”.

 

Ovidio, Tristes, IV, 2

Sulmona 43 a. C.- Tomos 17 d. C.

 

 

 

 

 

 

RUBÉN DARÍO (Nicaragua, 1867-1916)  (1,50m)

Marcha Triunfal

 

¡Ya viene el cortejo!

¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines.

La espada se anuncia con vivo reflejo;

¡ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines!

Ya pasa debajo los arcos ornados de blancas Minervas y Martes,

Los arcos triunfales en donde las famas erigen las largas trompetas,

la gloria solemne de los estandartes

llevados por manos robustas de heroicos atletas,

se escucha el ruido que forman las armas de los caballeros,

los frenos que mascan los fuertes caballos de guerra,

los cascos que hieren la tierra.

Y los timbaleros

que al paso acompasan con ritmos marciales.

¡Tal pasan los fieros guerreros

debajo los arcos triunfales!

 

Los claros clarines de pronto levantan sus sones,

su canto sonoro,

su cálido coro,

que envuelve en un  trueno de oro

la augusta soberbia de los pabellones.

 

 

Las bellas mujeres aprestan coronas de flores,

y bajo los pórticos vense sus rostros de rosa;

y la más hermosa

sonríe al más fiero de los vencedores.

¡Clarines! ¡Laureles!

 

Las trompas guerreras resuenan;

de voces los aires se llenan…

-A aquellas antiguas espadas,

saludan con voces de bronce las trompas de guerra que tocan la marcha

Triumfal!…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ROSA

 

Quam longa una dies, aetas tam longa rosarum,

quas pubescentes iuncta senecta premit.

Quam modo nascentem rutilus conspexit Eoos,

hanc rediens sero uespere uidit anum.

Sed bene quod paucis licet interitura diebus

succedens aeuum prorogat ipsa suum.

Collige, virgo, rosas dum flos novus et nova pubes,

et memor esto aevum sic properare tuum.

 

Viven sólo las rosas

tan solamente un día:

la vejez las persigue

en plena lozanía.

La Aurora ve brotando

a aquella que agoniza,

anciana en plena tarde.

Pero ella se eterniza

con renacidos brotes.

Corta las rosas, niña,

mientras su flor sea nueva,

nueva su lozanía,

pues tal como la rosa,

se desliza tu vida.

 

(Appendix Vergiliana, De rosis nascentibus, vv. 43-50)

 

 

RAFAEL ALBERTI (El Puerto de S. María, 1902-1999)  (30 s)

 

 

El testamento de la rosa

 

Alguien dijo de mí, rosa perdida:

“Ayer naciste y morirás mañana

Para ser tan breve ¿quién te dio la vida?

Para ser tan breve…

Hoy es mañana ya, hoy es mañana…

Y ayer naciste, ayer.

Nací rosa amarilla en primavera.

Puede haber sido blanca, roja, rosa, carmín…

Pero soy… no, no soy. Dejadme decir: era.

 

 

 

 

 

 

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

(Moguer, 1881-S. Juan de P. Rico, 1958)

 

Primavera  (40 s)

 

Abril, sin tu asistencia clara, fuera
invierno de caídos esplendores;
mas aunque abril no te abra a ti sus flores,
tú siempre exaltarás la primavera.

 

Eres la primavera verdadera:
rosa de los caminos interiores
brisa de los secretos corredores,
lumbre de la recóndita ladera.

 

¡Qué paz, cuando en la tarde misteriosa,
abrazados los dos, sea tu risa
el surtidor de nuestra sola fuente!

 

Mi corazón recogerá tu rosa,
sobre mis ojos se echará tu brisa
tu luz se dormirá sobre mi frente…

 

 

ERNESTINA DE CHAMPOURCIN  (40 s.)

Y se va marchitando…

Y se va marchitando la caja de las rosas;
no tiene quien las saque y las lleve al camino.
Un airón de perfume se nos quiebra en las manos
mientras algo se muere y nace al mismo tiempo.

Se nos frustró la cita con aquella fragancia
de tan pura, invisible, ese ramo de brisa
que apenas huele a nada
y que agavilla en sí todo el amor del mundo.

Hay cosas que no son, pero que siguen siendo
gozo, nostalgia, fronda que nunca hemos plantado,
hermosura secreta que sólo fue latido.

 

 

 

 

 

 

 

MANUEL MACHADO  (20 s.)

Cante hondo

Yo corté una rosa

llenita de espinas…

como las rosas que espinitas tienen

son las más bonitas.

Rosas son

la frescura de los huertos

y los labios entreabiertos.

 

Y claveles

los caireles

de los trajes andaluces,

con sus luces

de oro y plata…

 

 

 

LUNA

 

Ya se iban acallando de hombre y perro

los ecos; y la luna alta en el cielo

sus caballos nocturnos conducía;

y yo me la miraba y a su luz

en vano el Capitolio contemplaba,

cercano a los Lares de mi casa.

“¡Divinos moradores de mis casas,

templos que con mis ojos no he de ver,

dioses a los que he de abandonar,

recibid mi último adiós!”.

 

Ovidio, Tristes, I, 3, vv.27-36.

Sulmona 43 a. C.- Tomos 17 d. C.

 

 

 

 

 

 

 

 

FEDERICO GARCÍA LORCA,

(FuenteVaqueros, Granada, 1898-1936) 

 

 

Canción del jinete II  (Canciones)  ( 45 s.)

En la luna negra

de los bandoleros,

cantan las espuelas.

 

Caballito negro.

¿Dónde llevas tu jinete muerto?

 

…Las duras espuelas

del bandido inmóvil

que perdió las riendas.

Caballito frío.

¡Qué perfume de flor de cuchillo!

 

En la luna negra,

sangraba el costado

de Sierra Morena.

 

Caballito negro.

¿Dónde llevas tu jinete muerto?

 

La noche espolea

sus negros ijares

clavándole estrellas.

 

Caballito frío.

¡Qué perfume de flor de cuchillo!

En la luna negra,

¡un grito! y el cuerno

largo de la hoguera.

Caballito negro.

¿Dónde llevas tu jinete muerto?

 

 

 

 

 

  

 

La luna y la muerte (1m)

 

La luna tiene dientes de marfil.

¡Qué vieja y triste asoma!

Están los cauces secos,

los campos sin verdores

y los árboles mustios

sin nidos y sin hojas.

Doña Muerte, arrugada,

pasea por sauzales

con su absurdo cortejo

de ilusiones remotas.

Va vendiendo colores

de cera y de tormenta

como un hada de cuento

mala y enredadora.

La luna le ha comprado

pinturas a la Muerte.

En esta noche turbia

¡Está la luna loca!

Yo mientras tanto pongo

en mi pecho sombrío

una feria sin músicas

con las riendas de sombra.

 

 

Canción del jinete (Canciones)(40 S)

 

¡Córdoba,

lejana y sola!

 

Jaca negra, luna grande,

y aceitunas en mi alforja.

Aunque sepa los caminos,

yo nunca llegaré a Córdoba.

 

Por el llano, por el viento,

Jaca negra, luna roja,

la muerte me está mirando

desde los muros de Córdoba.

 

¡Ay, qué camino tan largo!

¡Ay, mi jaca valerosa!

¡Ay, que la muerte me espera

Antes de llegar a Córdoba!

 

¡Córdoba,

Lejana y sola!

 

Corduba.

Remota et sola.

 

Equa nigra, luna magna

et olivae in mea mantica.

Tametsi sciam vias,

numquam adibo Cordubam.

 

Per planitiem, per auram,

equa nigra, luna rubra.

Mors me spectat

e turribus Cordubae.

 

Heu, longum iter!

Heu, meam equam fortem!

Heu, quam mors me sperat

antequam adibo Cordubam!

 

Corduba

remota et sola!

 

CASIDA DE LAS PALOMAS OSCURAS (45 s)


  Por las ramas del laurel
ví dos palomas oscuras.
La una era el Sol,
la otra la Luna.
«Vecinitas», les dije:
«¿Dónde está mi sepultura?» 
«En mi cola», dijo el Sol.
«En mi garganta», dijo la Luna.
Y yo que estaba caminando

con la tierra por la cintura
vi dos águilas de nieve
y una muchacha desnuda.
La una era la otra
y la muchacha era ninguna.
«Aguilitas», les dije:
«¿dónde está mi sepultura?» 
«En mi cola» , dijo el Sol.
«En mi garganta», dijo la Luna.
Por las ramas del laurel

ví dos palomas desnudas.
La una era la otra
y las dos eran ninguna.

 

 

 

 

 

MAR

 

¡Dioses del mar y cielo no hundáis   (35)

mi maltratada balsa, ni os suméis

a la ira del gran César!

Infeliz, mis palabras las dispersan

los vientos que a mis velas y a mis súplicas

avientan no sé a dónde.

Miro y tan sólo veo mar y cielo,

olas, nubes y vientos espantosos.

No temiendo la muerte

es mísero morir en un naufragio:

dejad morir mi cuerpo en tierra firme;

dejadme hacer mis últimos encargos

y no servir de pasto para peces.

 

Ovidio, Tristes, I, 2.

Sulmona 43 a. C.- Tomos 17 d. C.

 

 

RAFAEL ALBERTI  (30 s)

Marinero en tierra

 

Si mi voz muriera en tierra,

llevadla al nivel del mar

y dejadla en la ribera.

Llevadla al nivel del mar

y nombradla capitana

de un blanco bajel de guerra.

¡Oh mi voz condecorada

con la insignia marinera:

sobre el corazón un ancla

y sobre el ancla una estrella

y sobre la estrella el viento

y sobre el viento la vela!

 

 

 

 

 

 

 

MANUEL ALTOLAGUIRRE, (Málaga, 1905-Burgos, 1959)

 Las islas invitadas  (40 s)

Playa

 

 

Las barcas de dos en dos,

como sandalias del viento

puestas a secar al sol.

Yo y mi sombra, ángulo recto.

Yo y mi sombra, libro abierto.

Sobre la arena tendido

como despojo del mar

se encuentra un niño dormido.

Yo y mi sombra ángulo recto.

Yo y mi sombra, libro abierto.

Y más, allá, pescadores

tirando de las maromas

amarillas y salobres.

Yo y mi sombra, ángulo recto.

Yo y mi sombra, libro abierto.

 

 

 

 

 

 

 

 

LUIS CERNUDA (Sevilla, 1902- México, 1963) (30s)

Málibu

 

Málibu,

olas con lluvia.

Aire de música.

 

Málibu,

agua cautiva.

Gruta Marina.

 

Málibu,

Nombre de Hada.

Fuerza encantada.

 

Málibu,

Viento que ulula

Bosques de brujas.

 

Málibu,

una palabra

y, en ella, Magia.         

 

 5-10-1960

 

 

 

 

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ (40)

Mar

 

No sé si el mar es, hoy

-adornado su azul de innumerables

espumas-,

mi corazón; si mi corazón –hoy

adornada su grana de incontables

espumas-,

es el mar.

 

entran, salen

uno de otro, plenos e infinitos,

como dos todos únicos.

a veces me ahoga el mar el corazón,

hasta los cielos mismos.

mi corazón ahoga el mar, a veces,

hasta los mismos cielos.

 

 

 

 

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ   (30 s.)

Auroras de Moguer  (Hacia la obra total)

 

¡Los álamos de plata

saliendo de la bruma!

¡El viento solitario

por la marisma oscura,

moviendo –terremoto

irreal- la difusa

Huelva lejana y rosa!

¡Sobre el mar, por la Rábida,

en la gris perla húmeda

del cielo, aún con la noche

fría tras su alba cruda

-¡horizonte de pinos!-

fría tras su alba blanca,

¡la deslumbrada luna!

 

 

 

PABLO NERUDA (Chile, 1904- 1973 )   (35 s)

Oda a la gaviota

 

A la gaviota

sobre

los pinares

de la costa,

en el viento

la sílaba

silbante de mi oda.

Navega,

barca lúcida,

bandera de dos alas,

en mi verso,

cuerpo de plata,

sube

tu insignia atravesada

en la camisa del firmamento frío,

oh voladora suave

serenata del vuelo,

flecha de nieve, nave

tranquila en la tormenta transparente

elevas tu equilibrio

mientras

el ronco viento barre

las praderas del cielo.

 

 

 

 

Veinte poemas de amor y una canción desesperada

Poema 7. Inclinado en las tardes

 

Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes
a tus ojos oceánicos.

Allí se estira y arde en la más alta hoguera
mi soledad que da vueltas los brazos como un
náufrago.

Hago Rojas señales sobre tus ojos ausentes
que olean como el mar a la orilla de un faro.

Sólo guardas tinieblas, hembra distante y mía,
de tu mirada emerge a veces la costa del espanto.

Inclinado en las tardes echo mis tristes redes
a ese mar que sacude tus ojos oceánicos.

Los pájaros nocturnos picotean las primeras
estrellas
que centellean como mi alma cuando te amo.

Galopa la noche en su yegua sombría
desparramando espigas azules sobre el campo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TIERRA

 

Desde el destierro (30)

 

El color de las hojas otoñales

batidas por las frías ventoleras

es el mismo que tiñe a mis entrañas.

Pero ahora los Céfiros suavizan

los fríos invernales e igualan

los días con sus noches y los chicos

y chicas por los prados, de violetas

sembrados, recolectan florecillas

de variados colores. ¡Quién te viera

tierra donde la tierna hierba aflora;

donde hay vides y brota

la yema del sarmiento;

donde se elevan árboles

cuyas ramas florecen!

Ovidio, Tristes, III, 8, 12.

Sulmona 43 a. C.- Tomos 17 d. C.

 

 

 

EMILIO PRADOS,   (Málaga, 1899- México, 1962)(30 s)

Jardín cerrado

Nostalgias del campo abierto

 

Quien vio el romero

Y hoy no lo ve:

¡cómo piensa en él!

 

Monte de jara y espino:

¡cómo piensa en él!

 

Suelo de aulaga y mastranzo:

¡cómo piensa en él!

 

Tierra de espliego y tomillo:

¡cómo piensa en él!

 

Ay, jaramago florido:

¡cómo piensa en él!,

¡cómo piensa en él!…

 

A orégano huele el campo,

a orégano.

A orégano está soñando…

 

¡Cómo pienso en él!

 

 

RAFAEL ALBERTI (El Puerto de S. María, 1902-1999)  (35 s)

Baladas y canciones del Paraná

 

Hoy las nubes me trajeron,

volando, el mapa de España.

¡Qué pequeño sobre el río,

y qué grande sobre el pasto

la sombra que proyectaba!

 

Se le llenó de caballos

la sombra que proyectaba.

Yo, a caballo, por su sombra

busqué mi pueblo y mi casa.

 

Entré en el patio que un día

fuera una fuente con agua.

Aunque no estaba la fuente,

la fuente siempre sonaba.

Y el agua que no corría

volvió para darme agua.

 

 

MIGUEL HERNÁNDEZ (Orihuela, 1910- Alicante, 1942)  (35 s)

 

Casida del sediento

 

Arena del desierto

soy, desierto de sed.

Oasis es tu boca

donde no he de beber.

 

Boca: Oasis abierto

a todas las arenas del desierto.

 

Húmedo punto en medio

de un mundo abrasador

el de tu cuerpo, el tuyo,

que nunca es de los dos.

 

Cuerpo: pozo cerrado

a quien la sed y el sol ha calmado.

 

 

 

 

 

 

 

MANUEL MACHADO, Pintura. (Sevilla, 1874- Madrid, 1947) (30 s)

 

Oleografía

 

Visto desde el fondo de mi estancia abierta

el campo es un cuadro y el marco es mi puerta.

 

Como una bandera tricolor… dorada,

la primera zona, la espiga cortada.

 

La segunda banda colora de verde

la verde arboleda que al lejos se pierde.

 

Y el azul del cielo, la franja tercera…

¡Hela aquí, me digo, la única bandera!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CIUDADES

 

 

 

ENRIQUE JARDIEL PONCELA (Madrid, 1901-1952)

Nueva York (2)

 

Una ciudad con dos ríos,

chinos, negros y judíos

con idénticos anhelos.

Y millones de habitantes,

pequeños como guisantes

vistos desde un rascacielos.

En invierno un cruel frío

que hace llorar. En estío,

un calor abrasador

que mata al gobernador

(que siempre es un señor con lentes)

y a los doce o trece agentes

que lleva a su alrededor.

Soledad entre las gentes.

Comerciantes y clientes.

Un templo junto a un teatro.

Veintitrés o veinticuatro

religiones diferentes.

Agitación. Disparate.

Un anuncio en cada esquina.

Jazz band. Jugo de tomate.

Chicle. Whisky. Gasolina.

Circuncisión. Periodismo:

diez ediciones diarias,

que anuncian noticias varias

y todas dicen lo mismo.

Parques con una caterva

de amantes sobre la hierba

entre mil ardillas vivas.

 

Oficinas sin tinteros:

con kalamazoos, ficheros,

con nueve timbres por mesa

y con patronos groseros

con caras de aves de presa.

Espectáculos por horas.

Sandwichs de pollo y pepino.

Ruido de remachadoras.

Magos y adivinadoras

de la suerte y del destino.

Hombres de un solo perfil,

con la nariz infantil

y los corazones viejos;

y el cielo pilla tan lejos

que nadie mira a lo alto.

Radio. Brigadas de asalto.

Sed. Coca-cola. Sudor.

Cemento. Acero. Basalto.

Limpiabotas de color.

Garajes con  ascensor.

Prisa. Bolsa. Sobresalto.

Y dólares. Y dolor;

un infinito dolor

corriendo por el asfalto

entre un Chevrolet y un Ford.

Suciedad junto a riqueza.

Junto al lujo mal olor.

Dicho y no va más, señor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

GERARDO DIEGO (Santander, 1896 – Madrid, 1987) (1,10m)

Romance del Duero

 

Río Duero, río Duero,

nadie a acompañarte baja;

nadie se detiene a oír

tu eterna estrofa de agua.

 

Indiferente o cobarde,

la ciudad vuelve la espalda;

no quiere ver en tu espejo

su muralla desdentada.

 

Tú, viejo Duero, sonríes

entre tus barbas de plata,

moliendo con tus romances

las cosechas mal logradas.

 

Y entre los santos de piedra

Y los álamos de magia

Pasas llevando en tus ondas

Palabras de amor, palabras.

 

Quién pudiera, como tú,

a la vez quieto y en marcha,

cantar siempre el mismo verso

pero con distinta agua.

 

Río Duero, río Duero,

nadie a estar contigo baja,

ya nadie quiere atender

tu eterna estrofa olvidada,

 

sino los enamorados

que preguntan por sus almas

y siembran en tus espumas

palabras de amor, palabras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ANTONIO MACHADO (1,10 m)

Campos de Castilla

 

He vuelto a ver los álamos dorados,

álamos del camino de la ribera

del Duero, entre San Polo y San Saturio,

tras las murallas viejas

de Soria –barbacana

hacia Aragón, en castellana tierra-.

            Estos chopos del río, que acompañan

con el sonido de sus hojas secas

el son del agua, cuando el viento sopla,

tienen en sus cortezas

grabadas iniciales que son nombres

de enamorados, cifras que son fechas.

            ¡Álamos del amor que tuvisteis

de ruiseñores vuestras ramas llenas:

álamos que seréis mañana liras

del viento perfumado en primavera;

álamos del amor cerca del agua

que corre y pasa y sueña,

álamos de las márgenes del Duero,

conmigo vais, mi corazón os lleva!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VIAJE

 

ALFRED LORD TENNYSON (1809-1892)

 

ULYSSES

 

It little profits that an idle king,

By this still hearth, among these barren crags,

Match’d with an aged wife, I mete and dole

Unequal laws unto a savage race,

That hoard, and sleep, and feed, and know not me.

There lies the port; the vessel puffs her sail:

There gloom the dark, broad seas. My mariners,

Souls that have toil’d, and wrought, and thought with me–

That ever with a frolic welcome took

The thunder and the sunshine, and opposed

Free hearts, free foreheads–you and I are old;

Old age hath yet his honour and his toil;

Death closes all: but something ere the end,

Some work of noble note, may yet be done,

Not unbecoming men that strove with Gods.

The lights begin to twinkle from the rocks:

The long day wanes: the slow moon climbs: the deep

Moans round with many voices. Come, my friends,

It is not too late to seek a newer world.

Push off, and sitting well in order smite

The sounding furrows; for my purpose holds

To sail beyond the sunset, and the baths

Of all the western stars, until I die.

It may be that the gulfs will wash us down:

It may be we shall touch the Happy Isles,

And see the great Achilles, whom we knew.

Tho’ much is taken, much abides; and tho’

We are not now that strength which in old days

Moved earth and heaven, that which we are, we are;

One equal temper of heroic hearts,

Made weak by time and fate, but strong in will

To strive, to seek, to find, and not to yield.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ALFRED LORD TENNYSON (1809-1892),

 

ULISES

 

De nada sirve que viva como un rey inútil

junto a este hogar apagado, entre rocas estériles,

el consorte de una anciana, inventando y decidiendo

leyes arbitrarias para un pueblo bárbaro,

que acumula, y duerme, y se alimenta, y no sabe quién soy.

He allí el puerto; el barco hincha la vela;

crecen las sombras en los anchos mares. Marineros míos,

almas que os habéis afanado y forjado junto a mí,

que conmigo habéis pensado, que con ánimo de fiesta

habéis recibido el sol y la tormenta y les habéis

opuesto frentes y corazones libres: sois viejos como yo;

con todo, la vejez tiene su honor y sus esfuerzos;

la muerte todo lo acaba, pero algo antes del fin

ha de hacerse todavía, cierto trabajo noble,

no indigno de hombres que pugnaron con dioses.

Ya se divisa entre las rocas un parpadeo de luces;

se apaga el largo día; sube lenta la luna; el hondo mar

gime con mil voces. Venid amigos míos,

aún no es tarde para buscar un mundo más nuevo.

Desatracad, y sentados en buen orden amansad

las estruendosas olas; pues mantengo el propósito

de navegar hasta más allá del ocaso, y de donde

se hunden las estrellas de occidente, hasta que muera.

Puede que nos traguen los abismos; puede

que toquemos al fin las Islas Afortunadas y veamos

al grande Aquiles, a quien conocimos. Aunque

mucho se ha gastado mucho queda aún; y si bien

no tenemos ahora aquella fuerza que en los viejos tiempos

movía tierra y cielo, somos lo que somos:

corazones heroicos de parejo temple, debilitados

por el tiempo y el destino, más fuertes en voluntad

para esforzarse, buscar, encontrar y no rendirse.

 

(Traducción: Randolph D. Pope)

 

 

 

 

 

 

KOSTANTINOS KAVAFIS (1863-1933)

ÍTACA

 

Cuando hacia Ítaca emprendas el viaje

desea que el camino sea largo

y rico en peripecias y experiencias.

Ni a los lestrigones ni a los cíclopes,

ni a Poseidón, airado, temerás.

Jamás se cruzarán en tu camino

si alto es tu pensamiento, y sin bajeza,

la emoción de tu cuerpo  y de tu espíritu.

Jamás encontrarás a lestrigones

ni cíclopes, ni airado

Poseidón, si en tu alma no lo llevas,

si tu alma no los alza ante ti.

 

Desea que el camino sea largo,

que muchas veces tengas la alegría,

la delicia de entrar, en las mañanas

del largo estío, en puertos nunca vistos.

Detente en los mercados de Fenicia,

compra objetos hermosos:

nacarados y corales, ámbares y ébanos;

voluptuosos perfumes, cuantos puedas;

visita muchas ciudades egipcias,

con avidez aprende de los sabios.

 

Siempre en tu mente esté Ítaca,

llegar es tu destino,

más no por eso acortes este viaje.

Pues es mejor  que dure largos años

y en tu vejez arribes a la isla,

con cuanto hayas ganado en el camino,

sin esperar que rico te haga Ítaca.

 

Ítaca te otorgó un hermoso viaje.

Sin ella no lo hubieras emprendido,

pero no puede darte nada más.

 

Aunque pobre la encuentres no hay engaño.

Rico en saber y en vida has comprendido

lo que tales Ítacas significan

 

 

 

 

 

 

MARGARET ATWOOD

El nacimiento de Telémaco

 

Y Ulises, tras realizar la matanza de los pretendientes,

de aquellos que deshonraron su casa,

dirigiéndose a Telémaco le dio instrucciones

para acabar con las doncellas que le habían traicionado.

Y dijo Ulises el rico en ardides:

“ Tráeme a esas doce siervas que osaron deshonrar esta casa.

Sacaréis a allá fuera a esas doce mujeres,

y las habréis de matar con las finas espadas”.

Pero, llegado el momento,  el discreto Telémaco les dijo a los otros:

“No daré yo, en verdad, muerte noble de espada a estas siervas

que a mi madre a ya mí nos tenían abrumados de oprobios”.

Y diciendo esto, ató a una elevada columna la soga

de un navío y la estiró hacia arriba

evitando que ninguna apoyase

sobre la tierra los pies. Como tordos de gráciles alas cogidos en lazo

tal mostraban allí sus cabezas en fila, y un nudo

constriñó cada cuello hasta darles el fin más penoso

tras un breve y convulso agitar de sus pies en el aire.

Odisea, XXII, 430-434, 461-473.

 

 

Nueve meses navegó por los rojos mares de

la sangre de su madre…

en su frágil y oscuro barco, el barco que era

él mismo.

Por el peligroso océano de su inmensa

madre navegó

desde la lejana gruta donde las tres Moiras,…

hilan los hilos de la vida de los mortales,

y luego los miden, y luego los cortan.

Y nosotras, las doce a las que más tarde él

 daría muerte

navegábamos también, en los frágiles barcos

que éramos nosotras mismas,…

Tras el viaje de nueve meses alcanzamos la

orilla,

desembarcamos al tiempo que él lo hacía,

zarandeadas por el viento hostil.

Éramos bebés, igual que él; llorábamos igual

que él,

estábamos más indefensas,

pues su nacimiento se anhelaba y fue

celebrado, mientras los nuestros no…

Nuestras vidas estaban entrelazadas con la

suya; nosotras también éramos niñas

cuando él era un niño;

éramos sus mascotas y sus juguetes, sus

hermanas de mentira, sus pequeñas

compañeras…

No sabíamos, mientras jugábamos con él

en la playa

de nuestra rocosa isla, cerca del puerto,

que apenas alcanzada la adolescencia nos

iba a matar a sangre fría.

De haberlo sabido, ¿lo habríamos ahogado

entonces?

Los niños son crueles y egoístas: todos

quieren vivir.

Doce contra uno: lo habría tenido difícil

¿lo habríamos hecho?…

Doce contra uno:

¿lo habríamos hecho?…

Preguntádselo a las tres Moiras, que con sus

hilos entrelazan las vidas de hombres y mujeres.

Sólo ellas conocen nuestros corazones.

De nosotras no obtendréis respuesta.

 

 

 

 

JOSÉ ÁNGEL VALENTE (Orense, 1929 – Ginebra, 2000)

De vida y muerte

 

Pero seamos, al fin,

intrascendentes,

sin nudos y metáforas

seamos.

 

Sencillamente así,

igual que somos,

según la piel y el ritmo

del corazón seamos.

 

Para morir,

para vivir,

para morir de cara.

 

Para morir.

Para vivir.

 

Para morir

de haber vivido.

Y basta.

 

 

 

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